jueves, 20 de diciembre de 2007

Viajar a Marrakech

Marrakech es la esencia de lo árabe. Si ciudades como Casa Blanca o Tánger pueden decepcionar al viajero por su parecido con Europa, al sur, Marrakech, morada de príncipes, hedonistas y contadores de cuentos, se expande repleta de aromas entre las callejuelas sin nombre de una medina de zocos con especias, babuchas y mil y un dátiles para cada noche de luna nueva.


Hablar de Marrakech es invocar el espíritu de las tribus de la montaña, los beréberes, y transfigurar su esencia en una ciudad roja que ahuyenta al sol con el color anaranjado de las paredes.

Por su mayor proximidad al ecuador, si las casas fuesen blancas, como en otros lugares de Marruecos, sus habitantes acabarían cegados por el sol de verano.


Según la leyenda, Marrakech fue un campamento de caravanas de comerciantes que se alimentaban de dátiles. Sus huesos caídos en la tierra dieron lugar a inmensas palmeras y allí creció esta ciudad fértil que, a pesar del turismo, no ha perdido todavía la autenticidad seductora y milenaria de una medina que pareciera inexpugnable, pero a la que hay que penetrar sin miedos y con el sentido agudo. Los sonidos de la forja del hierro, los vendedores que gritan, el olor de las especias que acarician el olfato con un picante cosquilleo, el color de las lanas, las alfombras y los tintes deslumbran al extranjero mirón que no se explica el innumerable caudal de estímulos.


Situada entre los vergeles del Atlas Medio y el desierto del sur del Alto Atlas, la urbe se divide en dos: por un lado la medina resguarda tras sus murallas de adobe miles de calles intrincadas que giran en torno a la famosa plaza Yamaa el Fna, el centro neurálgico de la ciudad (aquí se rodó una escena de "El hombre que sabía demasiado" de Hitchcock); al oeste y noroeste de este casco antiguo, los barrios de Gueliz e Hivernage conforman la parte más moderna, que se comenzó a construir en la época del Protectorado Francés.


Jemaa el-Fna quiere decir "Plaza de la Aniquilación", porque hubo un tiempo en el que aquí se decapitaba a criminales y renegados para después insertar sus cabezas en ganchos expuestos al público. Hoy en día, todo lo que sucede en esta ciudad comienza y culmina en esta plaza-escenario habitada por personajes de un mundo misterioso que transita entre lo exótico y la pobreza: contadores de cuentos, escritores de cartas para los analfabetos de las montañas, mendigos, encantadores de serpientes, dentistas callejeros, acróbatas de la zona de Tezerualt, músicos, vendedores de agua, carteristas, cocineros con olor a cuscús en la chilaba que gritan "ven, ven" y guías pegadizos que repiten sin cesar "turista solo no bueno". Ni caso, hay que ser contundente y negarse. En el supuesto de que acepte su ayuda fije un precio tras el regateo, pero no sea víctima de los falsos mitos porque Marrakech es una ciudad muy segura. En todo caso sea precavido con el dinero y no lo deje a la mano de carteristas (olvidar la riñonera hortera y las mochilas a la espalda, por favor).

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